Desconocer, sólo lleva a sacralizar una figura y unas ideas que se han magnificado al convertir la realidad en un misterio.

Hacía mucho tiempo que no sentía -de manera tan explícita- la sensación de perder el tiempo al leer un libro; pero, he de confesar que, hasta de los malos libros y peores ideas es posible aprender.

No diré el resto de los títulos que han marcado negativamente mi acercamiento a la lectura por aquello de que uno aprende de sus propios errores, y no quiero -por un spoiler mío- privar a nadie de semejante aprendizaje a trompicones.

El libro en cuestión no acaba de salir del horno de la inspiración del autor, sino que ha escapado del control de la autoridad del copyright. Es de los pocos casos en la historia editorial, si no el único, en el que los propietarios de los derechos – el estado de Baviera- decidieron que el beneficio que querían obtener era que no se conociera su contenido. Tal vez, porque le atribuían la fuerza infecciosa de un poderoso virus; o bien, porque pensaban que la sociedad seguía siendo un infante desdentado al que debían dosificar los alimentos antes de que ingiriese algo que le perjudicara seriamente.

Pero, por un motivo o por otro, se decidió, restringir lo que había ocurrido en el pasado. La intención pudo ser buena, los resultados no lo sé; pero, el razonamiento que condujo a ello seguro que no. No podemos considerar que una población es inmadura para saber la verdad, o para conocer el contenido de un libro.

Me refiero a Mein Kampf, de A. Hitler. Un libro, cuyo contenido y redacción, invita a la no lectura. La Biblia nazi, como se ha venido considerando a Mi lucha, es capaz de manipular más con su desconocimiento y prohibición que con su lectura.

Haber privado a la población de tener en sus manos el citado libro, no sólo genera un halo de misterio alrededor de la figura de Hitler y del contenido de su obra, sino que hacía sospechar que en su interior se encontraban verdades insoslayables que respondían a las grandes preguntas de la humanidad y que empujaban irremediablemente a la conquista sangrienta del mundo a quien cayera en su “pecaminosa” lectura.

Desconocer, sólo lleva a sacralizar una figura y unas ideas que se han magnificado al convertir la realidad en un misterio.

Es de agradecer el esfuerzo de un grupo de intelectuales que se han dedicado a la publicación de la edición crítica de Mi lucha, para explicar lo que realmente ocurre entre sus líneas. Que el sueño de la razón produce monstruos, es gran una verdad que puede ser más destructiva si, dicho adormecimiento, es producido por las letras salidas del puño de un escritor con la biografía de Hitler.

Que éstos críticos que se han propuesto conocer el contenido de la obra de Hitler sean alemanes trae a mi mente un paralelismo, pues fueron ellos los que se propusieron -en la persona de Lutero- la traducción de la Biblia a las lenguas vulgares . Con ello también cercenan una época de interpretación mediada por la autoridad eclesiástica y política interesada, cuyos frutos fueron la atrocidad en nombre de dios, la manipulación y la miedo ignorante de sus súbditos.

Pero que sus mismos compatriotas, los alemanes, saquen a la luz e investiguen sobre ello, pone sobre la mesa algo fundamental: sólo se pueden curar las heridas propias, cuando uno reconoce que las tiene. Ahí, hay una lección importante para muchas personas y países.

Señalar como culpable al primero que pasa por delante, implica no haber realizado un esfuerzo serio por desenmascarar las verdaderas causas del problema. El siglo XXI, ha puesto nombre a una característica que tienen los problemas que nos rodean, se llama “complejidad”. Pero, que le hayamos puesto nombre recientemente, no significa que no viniéramos sufriendo sus males desde hace tiempo.

La verdad no debe asustar a nadie, a no ser que se haya mentido.

Y, aunque parezca que la Segunda Guerra Europea queda muy lejos, no podemos olvidar que el ADN del ser humano no ha sufrido ninguna mutación desde esas fechas en el que el terror golpeó de manera tan trágica al ser humano. Así que, no estamos exentos de cometer los mismos errores.

Las soluciones rápidas y “evidentes” que Hitler ofrece asustan, y, a la vez, recuerdan las soluciones rápidas y evidentes de los gobernantes de nuestros días; también, a las de los profetas mediáticos de la prensa y de la economía. Detectar de dónde vienen los problemas sólo es sencillo en el caso de que tengamos un culpable antes de iniciar nuestro diagnóstico.

Hay que leer a Hitler, hay que saber lo que ocurrió entonces y ahora, saber qué pasó por la mente de quienes prohibieron su publicación, y de los que dosifican las verdades que podemos conocer los ciudadanos de nuestros días.

El problema no fue Mein Kampf, sino la fuerza personal de un Hitler que supo canalizar los deseos y frustraciones de un pueblo, que no habían sido puestos sobre la mesa con sinceridad y acierto.

Las falsas soluciones, bien por sencillas o bien por parciales, acaban siendo paños calientes que intentan detener una fiebre que sólo indicaba la existencia de una dolencia más grave.

Por ello, conocer e interpretar correctamente los hechos, cualesquiera que sean, es el primer paso para construir la paz social y fomentar una ciudadanía más fuerte y cohesionada.

Mein Kampf no fue una realidad aislada de la Alemania del siglo XX. En España, en Europa, en el mundo actual, también tenemos nuestros equivalentes en personas, “personajes”, episodios e instituciones. También deben ponerse sobre la mesa esos nombres y esos hechos, porque ocultar de dónde venimos puede cambiar completamente la meta hacia la que queremos dirigirnos.

A día de hoy, me pregunto: ¿hay algún criterio para establecer que una sociedad es inmadura para conocer la verdad?

La verdad no debe asustar a nadie, a no ser que se haya mentido.
José E. Silvaje