Ante el fracaso de la clase política es necesario trabajar para la transformación de nuestra conciencia, es decir, hacer filosofía.

En una época de grandes cambios sociales y políticos vuelve de nuevo al primer plano el tema de la coherencia entre el pensamiento y la acción y, por tanto, la pregunta por la responsabilidad de los intelectuales. Podría resultar muy instructiva la comparación entre la grave crisis que afecta a Europa y al mundo en la actualidad y la situación de Atenas en tiempos de Platón. Tras asistir a la condena a muerte de su maestro Sócrates, Platón concluyó que la política no era el camino para resolver los problemas de la democracia y de la civilización ateniense. Como veía Platón, todos los Estados son mal administrados. Ante el fracaso de la clase política es necesario trabajar para la transformación de nuestra conciencia, es decir, hacer filosofía. Por eso Platón fundó la Academia.

La situación de una civilización en declive, como la Atenas clásica, es ciertamente análoga al actual horizonte europeo y mundial. La democracia moderna se basa en votaciones y en legislaturas que duran unos pocos años. El político actúa en ese horizonte cortoplacista, aunque sus decisiones tienen consecuencias que van más allá. En una sociedad donde todo se plantea en términos de provecho económico o material, los nuevos “agentes de la cultura” –agentes también del discurso más acrítico y dogmático que existe hoy en Europa– se han erigido en sujetos imprescindibles para el desarrollo de las políticas culturales. Desde mi punto de vista, ante los múltiples informes y documentos que buscan diseñar las políticas culturales europeas del futuro próximo, cabría preguntarse si realmente son respuestas a una sociedad en transformación o más bien meros simulacros al servicio de intereses espurios.

El intelectual actual –convertido en divulgador cultural y tecnológico– se encuentra desorientado, confuso e insatisfecho consigo mismo. Parece que los intelectuales se han encerrado en la academia y han vuelto las espaldas a las enormes necesidades de auténtica cultura que tiene la humanidad para poderse salvar. La crisis actual de los intelectuales –la pérdida de su papel de liderazgo– está estrechamente vinculada a la absolutización del individuo; si la sociedad es un mero agregado de individuos inmersos en la liquidez –según análisis sociológicos de sobra conocidos–, a la inteligencia no le queda más que ser mero “notario” de las tendencias actuales, siguiendo la corriente del momento; pero el papel del intelectual consiste, más bien al contrario, en ir a contracorriente, incluso si esto significa ser impopular.

Quizá deberíamos otorgar más voz a los poetas, a los filósofos y a quienes trabajan al hombre desde dentro, convencidos de que sólo la inteligencia puede salvarnos.

La cultura, que una vez contribuyó realmente a la formación de la humanidad y a forjar su destino, desde hace unas décadas, especialmente en el mundo académico, productivo y social, se ha convertido en un museo. Frente a este empobrecimiento de horizontes, ¿cómo volver a hacer de ese museo el templo que fue? La cultura es el único bien de la humanidad que se agranda si muchos participan en ella. Vivimos en un mundo en que no se trata sólo de repartir bienes materiales para tener una distribución más equitativa. No es posible salir de la crisis si no incrementamos también nuestra cultura, si no favorecemos la capacidad crítica, la comprensión recíproca por las cosas que determinan nuestra calidad de la vida. Es necesario que haya personas que no se conformen con lo vigente, que sueñen con realizar una sociedad diferente y más humana. El diálogo no es sólo el diálogo de los expertos, sino que deberían ser todos los pueblos quienes tomaran la palabra. Aquí podríamos encontrar el camino.

¿Pero puede la filosofía ofrecer una solución a nuestros graves problemas? Estimar la cultura de una manera profunda es una tarea infinita. Debemos conocer la meta y tener la paciencia de caminar lentamente hacia ella. Para Emmanuel Mounier, uno de los grandes intelectuales del siglo XX, estamos obligados a mediar entre la llamada a la santidad –que implica siempre un cierto desapego del mundo– y la responsabilidad de la política –que requiere un compromiso público–, a fin de construir una sociedad basada en el respeto a la persona, en el compromiso personal y colectivo. El pensamiento no es un ejercicio intelectual abstracto, sino el amor en el corazón del mundo. Sólo de esta forma es posible recuperar el sentido de las cosas y no yuxtaponer trascendencia y encarnación.

Quizá deberíamos otorgar más voz a los poetas, a los filósofos y a quienes trabajan al hombre desde dentro, convencidos de que sólo la inteligencia puede salvarnos. Con su voz profética, ellos son capaces de luchar por la verdad contra el régimen de la mentira, de dedicarse al progreso espiritual de la patria. El profeta –señala Unamuno en el escrito «Yo individuo, poeta, profeta y mito» publicado en la revista Plus Ultra de Buenos Aires, en agosto de 1922– no es «el que predice lo que ocurrirá, sino el que dice lo que los otros callan o no quieren ver, el que revela la verdad de hoy, el que dice las verdades del barquero, el que revela lo oculto en las honduras presentes».
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