El planeta está viviendo la mayor y peor crisis de refugiados desde la Segunda Guerra Mundial: tras abandonar sus hogares, 60 millones de personas vagan en condiciones muy duras para salvar su vida. Sólo algunos consiguen alcanzar Europa por mediación de mafias que regulan un infame tráfico de seres humanos, y nuestra sociedad, mientras tanto, sigue anestesiada ante las imágenes que nos brindan los medios de comunicación y las vacuas explicaciones de los políticos.
Empujado por esta inquietud me trasladé en otoño a Macedonia, la región del norte de Grecia, para conocer de primera mano la situación de los refugiados sirios. Estuve en la estación ferroviaria de Idomeni, en la frontera con la exRepública Yugoslava de Macedonia, en torno a la que malvivían hasta el pasado verano 50.000 personas que trataban de alcanzar el centro de Europa. Ya no queda nadie allí pero el lugar sigue impresionando. Pude hablar con un matrimonio con dos hijos que viven tendidos sobre colchonetas en un patio cubierto de la comisaría de policía y también con varias familias que la oenegé sueca Lighthouse Relief realojó en Goumenissa, precioso pueblo de las montañas macedonias.

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